Hace
bastantes años, me contaron un cuento que no se me olvida. Creo
recordar que era algo así:
Érase
un señor que tenía una tienda de lápices. Un día, entró una niña
y pidió un sacapuntas. El dueño dijo:
-
No vendemos sacapuntas, solo lápices.
Y
la niña se marchó.
El
señor se quedó reflexionando y pensó que quizá le vendría bien
cambiar una caja de lápices por una de sacapuntas. Y así lo hizo.
A
la semana siguiente llegó un joven al establecimiento buscando un
cuaderno y el señor le dijo:
-
Lo siento pero solo vendemos lápices y sacapuntas.
Y
el chico se fue frustrado.
Otra
vez la misma operación: El vendedor decidió cambiar una caja de
lápices por unos cuantos cuadernos.
Así
pasaron las semanas y cada vez la tienda de lápices iba incluyendo
más variedad.
Un
día entró una señora a la tienda de lápices y pidió, como no, un
lápiz.
-
No señora, -dijo el vendedor- no tenemos lápices. Si quiere puede
comprar un sacapuntas, un cuaderno, un bolígrafo, un estuche o
una goma de borrar.
Y
la mujer, a la que no la convencía ninguno de estos objetos, se
marchó de la tienda decepcionada.
Cuando
escuché esta historia me gustó sin saber por qué, simplemente me
resultó curiosa. Ahora creo que puedo encontrar alguna moraleja.
Cualquiera podrá interpretar lo que quiera, qué se yo. Supongo que
una lectura que se puede hacer es que si vamos cambiando nuestra
personalidad para gustar a los demás perderemos nuestra esencia.
Todos evolucionamos y modificamos nuestro carácter, pero si
dejamos de ser nosotros mismos quizá algún día alguien vaya a
buscarnos y no nos encuentre.